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domingo, 30 de enero de 2011

YEMEN TRATA DE CONTENER EL DESCONTENTO POPULAR


YEMEN TRATA DE CONTENER EL DESCONTENTO POPULAR

EL PUÑO ARABE


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El partido gobernante aboga por el diálogo con la oposición

PÚBLICO SANÁ 30/01/2011 00:00

Una revuelta, la de Egipto, que llega sólo dos semanas después de la caída de Ben Ali en Túnez. Los altercados se están propagando tan rápido que casi no ha dado a tiempo a analizar que está pasando y por qué el Magreb es un polvorín. El país que puede seguir la revuelta es Yemen.

Todo comenzó en Túnez el 17 de diciembre, en un pequeño pueblo en el que un joven en paro y que ante su situación se inmola a lo bonzo.

Paralelamente y por esas fechas se producen protestas por la situación social en Argelia, Marruecos, Libia o Mauritania.
La mecha se extiende por el norte de África hasta llegar a Egipto donde estamos viviendo un movimiento de protesta contra Hosni Mubarak que lleva más de tres décadas en el poder.

Conatos de revuelta se han producido en todo Oriente Próximo en países como Siria, Jordania, Arabia Saudí y en Yemen.

Es en este pequeño país, pobre y con el líder que más tiempo lleva en el poder de los países musulmanes tras el libio Gaddafi donde se produce el caldo de cultivo para continuar con las revueltas.
De continuar esta situación, todo apunta a que a Alli Abdullah Saleh no le sucederá su hijo y heredero.

Partidarios del Gobierno acudieron ayer a enfrentarse a los opositores. REUTERS

PARTIDARIOS DEL GOBIERNO ACUDIERON AYER A ENFRENTARSE A LOS OPOSITORES. REUTERS

En un intento de evitar que Yemen siga el camino de Túnez y Egipto, el partido en el poder abogó ayer por el diálogo con la oposición, después de que docenas de manifestantes pidieron ayer la salida del presidente Alí Abdulá Saleh, que lleva en el poder desde 1978, y se enfrentaron a partidarios del Gobierno y a policías vestidos de paisano.

Los manifestantes, muchos de ellos periodistas yemeníes, trataron de acudir a la embajada egipcia en Saná, en un gesto de solidaridad con las protestas que han hecho temblar las calles del mayor país árabe. “Alí, vete, vete” o “El pueblo quiere la caída del régimen”, cantaban los manifestantes.

No hubo víctimas mortales en la protesta, si bien la activista Tawakel Karman denunció que un miembro de las fuerzas de seguridad vestido de civil trató de atacarla con una daga y un zapato, pero fue frenado por otros manifestantes.

Karman, que ha liderado varias de las convocatorias de los últimos días, pidió que el próximo jueves 3 de febrero se celebre en todo Yemen el “Día de la Ira”.

Fue la última de las protestas que sacuden Yemen desde hace una semana. Aunque el viernes fue un día tranquilo, el jueves fueron 16.000 los yemeníes que salieron a la calle reclamando cambios radicales.

El partido gobernante, el Congreso Popular General, trató ayer de aplacar las protestas.
“Pedimos a todos los partidos políticos que trabajen para hacer del diálogo un éxito y para preparar las próximas elecciones”, indicó un comité del partido, según una agencia oficial de noticias citada por Reuters.

EL PAÍS ÁRABE MÁS POBRE

En Yemen, el país más pobre de la península Arábiga, más del 40% de la población vive con menos de dos dólares al día y el 35% está desempleado.

El presidente Saleh lleva 33 años en el poder y fue reelegido en 2006 para un nuevo mandato de siete años, pero si se aprueba una enmienda a la Constitución que ha sido planteada en el Parlamento, podría detentar de por vida la jefatura del Estado.
Las actuales protestas parecen ser en parte una reacción al intento del Congreso Popular General de enmendar la Carta Magna.

El partido dio marcha atrás la semana pasada para calmar el descontento popular y dejó caer la idea alternativa de limitar el cargo presidencial a dos mandatos de cinco o siete años.

En la masiva manifestación del pasado 27 de enero, convocada por los principales partidos de la oposición yemení, miles de personas exigieron al presidente Alí Abdalá Saleh que no reforme la Constitución para presentarse a una nueva reelección.
“No a lareelección, no a la sucesión” fue uno de los eslóganes más coreados en la marcha.
Saleh es un aliado clave de Washington en la lucha contra la rama yemení de Al Qaeda, vinculada a la somalí.

UNO DE LOS PAÍSES MÁS POBRES DEL MUNDO

YEMEN SE SUMA A LAS REVUELTAS EN EL MUNDO ÁRABE Y PIDE UN CAMBIO DE RÉGIMEN



  • Con las revueltas de Túnez y Egipto como ejemplo, miles de personas exigen en Saná la renuncia del presidente



  • REPÚBLICA/AGENCIAS | SANÁ (YEMEN)PUBLICADA EL 27-01-2011

    INSPIRADOS EN LAS REVUELTAS DE TÚNEZ Y EGIPTO, MILES DE PERSONAS SE MANIFESTARON HOY EN LA CAPITAL DE YEMEN, SANÁ, CONVOCADAS POR LA OPOSICIÓN, PARA PEDIR LA RENUNCIA DEL PRESIDENTE ALI ABDALLAH SALEH, EN EL PODER DESDE HACE 32 AÑOS.

    “EL PRESIDENTE TUNECINO SE FUE DESPUÉS DE 20 AÑOS, 30 EN YEMEN SON SUFICIENTES”, SE LEÍA EN ALGUNOS CARTELES, EN ALUSIÓN A LA REBELIÓN QUE ACABÓ CON LA SALIDA EN TÚNEZ DEL PRESIDENTE ZINE EL ABIDINE BEN ALI EL PASADO 14 DE ENERO.

    La oposición convocó a varias manifestaciones en la capital, según los organizadores. La mayor se llevó cabo junto al campus de la Universidad de Saná. “Rey Abdullah, aquí tenemos a Ali Abdullah”, gritaron los manifestantes en alusión al rey saudí, Abdullah bin Abdulaziz, que dio refugio al derrocado presidente de Túnez.

    “La gente quiere un cambio de presidente. No a la extensión (de su mandato). No al poder hereditario”, corearon. El presidente Ali Abdala Saleh, en el poder desde 1978, fue reelecto en setiembre de 2006 para un nuevo mandato de siete años.

    Las revueltas que se vienen sucediendo en el mundo árabe comenzaron semanas atrás en Túnez, cuando un vendedor se quemó a lo bonzo luego de que la policía no lo dejara trabajar aduciendo que carecía de permiso laboral. Su caso motivó violentas protestas que terminaron con la destitución y fuga de Ben Ali.

    Egipto también es desde hace dos días un hervidero, con manifestaciones en varias ciudades para exigir la renuncia del presidente Hosni Mubarak, en el poder desde hace 30 años.

    Todas estas marchas reclaman por el enorme desempleo, una mayor libertad y el fin de un régimen considerado corrupto que ahoga cualquier oposición política.
    Conflicto de Yemenyemen conflicto

    EnYemen se superponen dos conflictos: el que enfrenta al gobierno con la guerrilla huthi, de religión chií-zaidí, en el norte del país, y las revueltas en la región de Adén, motivadas por el escaso desarrollo del antiguo Yemen del Sur.

    Durante siglos, el interior de Yemen estaba dominado por tribus dirigidas por imanes de la orientación zaidí, una rama del islam chií, a veces bajo soberanía del Imperio Otomano. 

    A partir de 1839, Adén y la costa meridional formaban una colonia británica.
    Tras la retirada de las fuerzas otomanas en 1918, el imán zaidí de Saná constituyó el reino mutawakilí de Yemen. 

    En 1962, un golpe de estado republicano suscitó una guerra civil que duró hasta 1970, con las fuerzas republicanas apoyadas por tropas egipcias y las monárquicas financiadas por Arabia Saudí. 

    Terminó con la victoria republicana.

    A partir de 1963, dos guerrillas socialistas se sublevaron contra el poder colonial británico en el sur. Forzaron la retirada inglesa en 1967 y declararon una república que dos años más tarde tomó un rumbo marxista, aliada de Rusia, China y Cuba. 

    Tras dos décadas de negociaciones, ambos países —el sur socialista, con un bajo nivel de vida, el norte tribal, conservador y más rico— se unificaron en 1990.
    Cronología
    1630 Un imán zaidí expulsa la administración otomana del interior de Yemen y funda un estado independiente.
    1839 Gran Bretaña crea el Protectorado de Aden, con influencia sobre las zonas meridionales de Yemen.
    1872 Tras la fragmentación del imanato zaidí, el Imperio Otomano recuperael interior y convierte Saná en capital de la zona.
    1904 El Imperio Otomano y el Británico acuerdan el trazado de la frontera entre las regiones que dominan.
    1918 El imán zaidí Yahia Mohamed declara independiente la zona otomana de Yemen.
    1926 Yemen del Norte, bajo el imán Yahia, adopta el nombre de Reino Mutawakalí de Yemen.
    1962 Un golpe de estado republicano derroca a Mohamed Badr, nieto de Yahia, en Saná. Se inicia una guerra civil. El bando republicano recibe apoyo de Egipto y el monárquico, de Arabia Saudí.
    1963 Dos guerrillas socialistas inician ataques contra las fuerzas británicas en Aden.
    1963 Gran Bretaña se retira. Aden se proclama capital de la República Popular de Yemen del Sur.
    1969 Egipto y Arabia Saudí retiran sus apoyos a la guerra civil en el Norte. El bando republicano se mantiene en el poder en Saná.
    1970 Yemen del Sur inicia un rumbo marxista y se llama República Democrática Popular de Yemen.
    1978 Alí Abdulá Saleh, zaidí, asume la presidencia de Yemen del Norte.
    1986 Una lucha entre diferentes alas del partido único debilita el gobierno de Yemen del Sur.
    1990 Tras años de negociaciones, Norte y Sur se unifican, con Saleh como presidente.
    1994 El descontento en Aden estalla en violencia. Yemen del Sur se declara independiente. El ejército del norte invade la zona y restablece la unidad.
    2004 El líder eligioso zaidí Husein Badredin Huthi se subleva contra el gobierno en la zona norteña. Muere en combate.
    2007 El gobierno y los insurgentes del clan Huthi acuerdan un tregua.
    2008 Estalla una nueva ronda de combates cerca de Saná.
    2009 Se recrudecen las revueltas en Aden contra el gobierno de Saná. Nuevos combates en Sadá.

    Poco después, una serie de asesinatos políticos en el sur fueron atribuidos a islamistas radicales financiados por el norte; en protesta, el sur volvió a declararse independiente. Estalló una guerra civil de dos meses que terminó con la victoria del norte, apoyado por ex yihadistas afganos, y la reunificación del país.

    En junio de 2004, un nuevo conflicto estalló en la frontera norte: el clérigo chií-zaidí Husein Badredín Huthi, dirigente de un movimiento fundamentalista llamado Juventudes Creyentes, se sublevó contra el poder central. 

    El gobierno le acusa de querer imponer una ideología integrista para colocar de nuevo un imán al frente del estado, mientras que sus seguidores lo niegan y ponen el acento en criticar la política exterior de Yemen, favorable a Estados Unidos. 

    A veces se describe erróneamente como un conflicto religioso de suníes contra zaidíes; en realidad, gran parte de la población —entre el 25 y el 40%— son zaidíes, entre ellos muchos altos cargos y el propio presidente yemení, Alí Abdalá Saleh.

    Husein Huthi murió en combate en septiembre de 2004. 

    Desde entonces el movimiento está dirigido por su hermano Abdelmalik Huthi. Hubo combates esporádicos en 2005 y 2007. 

    En febrero de 2008, gobierno y rebeldes firmaron una tregua en Doha. 

    No duró: en abril volvió a haber combates y se registraron escaramuzas incluso cerca de la capital Saná. Las fuerzas gubernamentales cercaron varias aldeas que supuestamente ofrecían refugio a los sublevados. 

    En julio, Saná anunció una tregua unilateral, pero en marzo de 2009, las tensiones volvieron a subir y se registran incidentes que causaron la muerte de al menos 6 soldados. En agosto, una nueva ronda de combates incluía ataques aéreos.

    Desde 2004, los tiroteos se han cobrado más de mil muertos, unos 700 en el bando gubernamental y varios centenares entre los rebeldes. El gobierno yemení acusa a Irán de mover los hilos del conflicto para colocar una cabeza de puente chií en la Península Arábiga, algo que Teherán niega.

    Aden

    En abril de 2008 estallaron además protestas en Aden, que se saldaron con un soldado muerto y 200 detenidos. 

    La sensación de estar abandonado por el gobierno central y no recibir inversiones —el nivel de vida en el sur es mucho más bajo que en el norte, pese a una mayor alfabetización— fortalece los movimientos que piden volver a la independencia. 

    En abril de 2009, las revueltas volvieron a intensificarse y murieron 16 personas, entre ellos 5 policías. La celebración anual del día de la reunificación trajo más protestas en Aden y causó tres muertes. En junio y julio continuaron las protestas, las detenciones masivas y muertes ocasionales.

    Un tercer aspecto conflictivo es el ocasional secuestro de trabajadores o turistas europeos o americanos por parte de varias tribus yemeníes
    Normalmente no tienen motivos ideológicos sino que utilizan a los extranjeros como moneda de cambio para conseguir mejorías económicas en su zona o la liberación de familiares detenidos.
     Casi siempre se resuelven sin violencia y habitualmente, los secuestrados reciben un trato correcto.


    sábado, 29 de enero de 2011

    EGIPTO. ¿Quiénes hacen la revolución?


    Domingo, 30 De Enero De 2011
    Sunday 30 january 2011

    ¿Quiénes hacen la revolución?

    Posted by Directorio de Noticias on enero 30, 2011 · Dejar un comentario (Editar)
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    Ola de cambio en el mundo árabe

    - Revolución democrática en Egipto

    - Egipto se pone en manos de los militares

    “No dispararemos contra el pueblo; si nos dan la orden, la desobedeceremos”, dice un oficial en El Cairo

    - El vacío de poder ha degenerado en violencia y vandalismo

    Son personas de todos los estamentos sociales, desde las clases más altas a las más bajas. Mujeres, niños, adolescentes, estudiantes de medicina o activistas de derechos humanos, camareros o farmacéuticos, también hay una gran mayoría de parados.
    Se han echado a la calle para pedir que les devuelvan su país. No tienen un perfil determinado y el Gobierno no es capaz de encasillarles.

    Egipto           A FONDOBebé en un tanque durante una manifestación en El Cairo

    Capital:  El Cairo.  Gobierno: República.

    Población: 81,713,52 (est. 2008)
    En las calles se ayudan sin tener en cuenta si son musulmanes o cristianos; se apoyan, se ofrecen agua o se invitan a comer. También se han limpiado las heridas o han corrido a buscar un médico cuando la policía ha disparado a uno o varios de ellos. Ahora se pintan unos a otros la cara con lemas contra el Gobierno y se amontonan, carteles en ristre, cantando y gritando contra la represión del régimen de Hosni Mubarak.
    Han salido a la calle en todos los puntos del país y no piensan volver a sus casas hasta que aquello que anhelan: libertad, seguridad, bienestar, pan y democracia, logre instalarse desde Asuán hasta Alejandría, pasando por El Cairo.
    Ellos nos cuentan sus historias, sus esperanzas y sus miedos.
    - Yehi, 56 años, trabajador de un gimnasio. “Basta, basta y basta”.
    Le cuesta decidirse pero al fin arranca a hablar mientras camina arriba y abajo por el pasillo del gimnasio donde trabaja, en un hotel de lujo del centro de El Cairo. “No creo que Mubarak sea un mal hombre. Hizo cosas bien.
    Nos trajo la paz y acabaron los enfrentamientos con Israel”, explica nervioso sin dejar de moverse.
    Aun le cuesta hablar, dice, son tantos años mordiéndose la lengua que la nueva situación de libertad en el limbo aún le supera.
    “Lleva demasiados años en el poder y hace mucho que se ha olvidado de nosotros, que tenemos una precaria educación para nuestros hijos y vivimos sin la esperanza de poder prosperar”.
    - Ramy, 24 años, activista por los derechos de la mujer árabe. Las gafas le caen sobre la nariz como a un intelectual y con su mochila a la espalda y su gorra parece un estudiante de la facultad de Letras, pero Ramy trabaja en la Liga de Mujeres Árabes, “más veces como voluntario que con contrato”, defendiendo los derechos de las féminas del país.
    No le preocupa demasiado el dinero porque dice, aun no está pensando en casarse. Sin embargo, no le gustan muchas de las cosas que el régimen de Mubarak ha hecho durante estos 30 años.
    Tanques del Ejército egipcio en El CairoMenciona la restricción de libertades: “La interrupción de Internet estos días es inconcebible en un país que no este gobernado por una dictadura”. Y la seguridad: “La tortura en las cárceles es sistemática. Bajo el Gobierno del rais no se respetan los derechos humanos”. Por eso cree que ha llegado el momento de que se vaya. “Nací en 1987 y no he visto otro presidente”, añade.
    Mi familia es de una clase media que Mubarak ha hecho desaparecer. No es justo que nos mire desde lejos y no diga nada. No queremos ver la destrucción del país”.
    - Hanna, 51 años, Ministerio de Información. Es una egipcia guapa. Vestida con clase, musulmana si hiyab (pañuelo islámico) y oculta tras unas gafas de sol.
    Mientras hace fotos desde un coche que conduce su hija, una dentista de 25 años con la cabeza cubierta, explica que trabaja para el Ministerio de Información egipcio. No quiere dar muchos detalles sobre su vida, sólo que habla inglés y español y que no trabaja como periodista. “Durante años”, dice, “han pasado de largo las oportunidades de cambiar las cosas”.
    “No veo futuro para mis hijos. Tengo dinero pero no tengo un lugar por donde pasear. Y hay más de 40 millones de personas en mi país que no tienen ni para comer”, apunta. “Ha llegado el fin y todos lo sentimos así”.
    - Maha, 30 años, farmacéutica. “Cobro 600 libras al mes (80 euros) y no puedo llevar una vida digna”, explica Maha, una farmacéutica que milita en los Hermanos Musulmanes.
    “No puedo ahorrar dinero, ni pagar una casa digna. Me gustaría casarme pero los jóvenes ahora no encontramos trabajo con facilidad y el tiempo se pasa esperando a ver qué sucede mientras la frustración crece”, lamenta. Maha asegura que aunque trabaja 10 horas en la farmacia a veces tiene que hacer horas en un laboratorio preparando inventarios para conseguir llegar a fin de mes.
    “Y lo peor es que no podemos decidir. Durante las elecciones no nos dejaron ir a votar, detuvieron a nuestros candidatos, nos pegaron”, asegura. “Creo que no nos han dejado otra opción y que lo que ocurre es fruto de la represión que hemos vivido todo este tiempo. No hay derechos”, explica entrecortada. “Necesitamos libertad y eso sólo vamos a poder conseguirlo si el presidente se va de este país.
    No nos sirve un nuevo Gobierno con él sobre la cabeza. Lo que hemos venido a exigir es que él y su estilo de gobernar salgan de nuestras vidas para siempre.
    - Moussa, 42 años. En una solapa luce el escudo de los Estados Unidos y en la otra las banderas de Egipto y Francia entrelazadas.
    El primero se lo puso por las palabras de Obama. “Las banderas las llevo porque queremos lo mismo que Francia: liberté, egalité, fraternité”, dice en un perfecto francés. Moussa es un cristiano de la escasa clase media que hay en Egipto. “Mubarak tiene 82 años, no puede mantenerse en pie, y no tiene poder para gobernar.
    ¿Y quiere dejarnos a su hijo? Cuando Gamal [Mubarak] se casó compró el anillo en Francia. Cuando tuvo un hijo se fue a Alemania a tenerlo. Eso es lo que hacen. Coger nuestro dinero y dejarnos en la estacada”, afirma. No dice en lo que trabaja quizás porque no se ajusta a lo que debería ser.
    “Tengo dos masters, hablo seis idiomas y mi salario es de 220 euros. Mi madre tiene una pensión de 500 libras (65 euros) y su tratamiento médico cuesta 1.000. La familia de Mubarak tiene una riqueza que asciende a millones de dólares. No le pedimos nada. Sólo que nos deje vivir”.
    “Es el día más feliz de mi vida”, gritaba un hombre encaramado a un tanque. El de ayer amaneció, sin duda, como un día feliz para millones de egipcios. La victoria de la revolución parecía al alcance de la mano. La multitud de la plaza Tahrir seguía exigiendo la dimisión del presidente Hosni Mubarak y el fin de la dictadura. Pero Mubarak no se iba. Al contrario, luchaba por su supervivencia política. Nombró un vicepresidente, Omar Suleimán, hasta ahora jefe de los servicios secretos y presunto hombre de transición, y un nuevo Gobierno. Mientras el desorden se extendía por un país sin policía y se acumulaban los muertos, decenas, tal vez un centenar, y menudeaban los saqueos, la felicidad de la mañana se combinaba al anochecer con la incertidumbre y el miedo al caos. El Ejército se mantiene mudo, pero los jefes de Estado de Reino Unido, Francia y Alemania piden a Mubarak que evite la violencia.
    El único signo de normalidad fue el retorno de la telefonía móvil
    El destino de Egipto dependía del Ejército, la única institución respetada. Y la imagen del Ejército que contemplaban los ciudadanos estaba compuesta por soldados que se abrazaban a los manifestantes, camiones militares en cuyo lateral alguien había pintado frases como “Mubarak, dictador” o “Mubarak y familia, ilegales”, blindados cargados de gente exultante. “En ningún caso dispararemos contra el pueblo; si nos dieran esa orden, la desobedeceríamos”, aseguraba, a las diez de la mañana, el comandante de las fuerzas desplegadas en la plaza Tahrir y sus alrededores.
    En un proceso revolucionario abundante en contradicciones, esa era la más flagrante. ¿Podía el Ejército desobedecer las órdenes de su jefe supremo, Hosni Mubarak, presidente de la república y general de aviación? ¿Mantenía realmente Mubarak el control de la situación? ¿Intentaba solo ganar tiempo? ¿Era el descenso hacia el caos una táctica premeditada para que los egipcios pidieran la vuelta de la policía y el orden, aunque hubiera que soportar también la vuelta de la represión y la tortura? Ningún general se pronunció sobre la situación. Los tres presidentes egipcios (Nasser, Sadat, Mubarak) desde la caída de la monarquía, 60 años atrás, han salido del Ejército, lo cual da una idea de la influencia militar.

    El vacío de poder, real o aparente, resultaba clamoroso. Tras su alocución televisiva del viernes por la noche, en la que advirtió de que la línea que separaba la libertad del caos era muy fina, Mubarak volvió al silencio de su palacio. Solo reapareció brevemente en televisión para mostrarse nombrando a Omar Suleimán como vicepresidente, una novedad en un régimen en el que durante 30 años solo había existido el faraón Mubarak y, por debajo de él, súbditos. Suleimán se perfilaba como el hombre de recambio, el hombre encargado de pilotar una hipotética transición. A algunos ciudadanos les parecía bien, aunque se hubiera encargado de los servicios secretos y, en último extremo, de la represión. El odio popular se concentraba en Mubarak, el Ministerio del Interior y la policía.
    En la calle no existía otro poder que el de la multitud revolucionaria, que gritaba y gritaba y gritaba contra Mubarak, y el de los grupos, crecientes, que aprovechaban el vacío para incendiar y saquear. El viernes, los asaltos se dirigieron a la sede del Partido Nacional Democrático y las comisarías de policía, donde los manifestantes liberaron a los detenidos y prendieron fuego. Esa noche, algunos grupos violentos se dirigieron hacia el Museo Egipcio (que sufrió daños, pero no fue saqueado gracias a la reacción de otros ciudadanos) y hacia centenares de comercios y negocios. Bares y clubes nocturnos quedaron arrasados, acaso por grupos de orientación islamista. En general, los robos afectaron a negocios comunes: zapaterías, restaurantes, joyerías, farmacias. Lo mismo ocurrió en Alejandría y otras ciudades.
    El único signo de normalidad fue el retorno de la telefonía móvil, las líneas, sobrecargadas, solo funcionaban a veces, pero funcionaban. Internet, en cambio, permaneció cerrado.
    La euforia y la tragedia solo se distanciaban unos metros. En la plaza Tahrir se gritaba, se reía, se compadreaba con los soldados; hombres, mujeres y niños disfrutaban del momento. En esa misma plaza se registraban ocasionales disparos de francotiradores desde el Ministerio del Interior. Y en el patio de una mezquita que casi se asomaba a la plaza se acumulaban los heridos, varios de ellos de balas. La plaza Tahrir era un microcosmos de una ciudad de 20 millones de habitantes y de un país de 80 millones de habitantes, balanceándose entre la sensación de libertad y el horror del caos, entre la esperanza y el temor, zarandeados por los rumores más diversos.
    Era imposible conocer el número de muertos y heridos. La televisión oficial habló de unos 40 muertos y de más de un millar de heridos. Fuentes médicas elevaban la cifra hasta el centenar de fallecidos. Ante la ausencia de Gobierno (el antiguo había sido destituido, el nuevo aún no se había incorporado y, de todas formas, a nadie le importaba), ningún organismo ni institución oficial llevaba recuentos ni ofrecía datos.
    “Da igual el precio que haya que pagar porque ya nos han golpeado mucho y han muerto muchos, no abandonaremos la calle hasta que Mubarak se vaya, no es posible dar marcha atrás”, aseguraban dos hombres de mediana edad, farmacéutico uno, ingeniero el otro. ¿Daba igual el precio? Horas después, al anochecer y al comenzar un nuevo toque de queda que, como el del viernes, nadie se preocupó por respetar, afloraban síntomas de que el precio, al final, sí podía ser importante.
    La muchedumbre empezaba a degenerar en horas. Jóvenes que el día antes se habían enfrentado con la policía se adueñaban de la situación, provistos de palos, navajas y armas de fuego. Según la televisión Al Yazira, podían ser provocadores relacionados con las fuerzas de seguridad. Surgían grupos más o menos armados que decían estar dispuestos a defender sus familias y sus propiedades ante la amenaza de los otros grupos más o menos armados que se dedicaban al saqueo. Un 20% de la población egipcia vive con dos dólares al día. Eso da una idea de que el robo impune puede resultar tentador para muchos.
    El desenlace de la revolución todavía era impredecible. ¿Ahora, qué? Esa era la gran pregunta sin respuesta. La de ayer fue una jornada peculiar, porque los sábados son semifestivos: el sector público trabaja, pero no el privado. Los funcionarios se quedaron en casa o en la calle. “Nos ha llamado el director y nos ha dicho que no fuéramos”, explicó un maestro que tomaba té y fumaba una pipa de agua en uno de los raros cafés abiertos. El domingo, sin embargo, es laborable. La televisión oficial anunció que la Bolsa, que no dejó de caer en los últimos días, los bancos y las universidades permanecerían hoy cerrados.
    La paralización del país por un tiempo indefinido entrañaba una cierta ambivalencia: podía favorecer el ímpetu revolucionario y quebrar por completo la aparentemente frágil conexión de Mubarak con el poder real, pero también podía agravar el desorden y el miedo de las clases altas y medias y favorecer una contrarrevolución aún más rápida que la revolución misma.
    Una cosa aparecía clara: a Mubarak no le habían abandonado sus aliados. EE UU, primero. El presidente Barak Obama reclamó reformas, no la caída del régimen, y fue significativo que Mubarak nombrara a Suleimán como vicepresidente tras conferenciar por teléfono con el inquilino de la Casa Blanca. Israel no dijo nada, pero no cabía dudar de que seguía prefiriendo a Mubarak (o a Suleimán) antes que cualquier otra opción. El presidente palestino, Mahmud Abbas, envió un mensaje de respaldo a “la estabilidad y el orden en Egipto”.

    Suleimán, el nuevo hombre fuerte

    - Nacido el 2 de julio de 1936 en Quena (sureste de Egipto), se enroló en el Ejército en 1954. Recibió entrenamiento adicional en la Academia rusa de Frunze, en Moscú.
    - Participó en la guerra de Yemen en 1962 y en los conflictos contra Israel de 1967 (guerra de los Seis Días) y 1973 (guerra del Yom Kippur).
    - Tras estudiar Ciencias Políticas en la Universidad de El Cairo, se convirtió en 1993 en director de los Servicios de Inteligencia (EGIS, en sus siglas en inglés).
    - Este puesto le ha permitido jugar un papel fundamental en las relaciones diplomáticas de la región, incluyendo las negociaciones con Israel y con su principal aliado, Estados Unidos.
    - Según la revista Foreign Policy, es el jefe de inteligencia más poderoso de Oriente Próximo, incluso por delante del máximo mando del Mosad israelí.
    - Ha sido el arquitecto de la desintegración de los grupos islamistas que lideraron el alzamiento contra el Estado en los noventa. Es responsable de los archivos de política de seguridad.
    Por noticias-alternativas.redacción Publicado en: portada Comunidad: Beautiful World 
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